Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche había caído silenciosa sobre la ciudad, y la luz de mi salón era cálida y suave, perfecta para quedarse en casa sin hacer nada más que disfrutar del momento. Me acomodé en el sofá, con una manta ligera sobre las piernas, y escuché cómo él se movía por la cocina preparando algo de bebida antes de sentarse a mi lado.
—¿Chocolate caliente o café? —preguntó, con esa voz tranquila que me hacía sentir que todo estaba bien. —Chocolate —respondí—. Hoy necesito algo dulce. Sonrió y se sentó a mi lado, apoyando suavemente un brazo sobre el respaldo. Al acercarme, la cercanía me hizo sentir un calor que no esperaba. Estábamos tan cerca que podía sentir la vibración de su respiración, el ritmo de su corazón, y algo en mí empezó a acelerarse. —Hoy fue un día… diferente —susurré, más para mí misma que para él. —Sí —dijo, inclinándose hacia mí—. Para mí también. Contigo, siempre se siente diferente. No pude evitar sonreír. La manera en que lo decía, tan natural, tan simple, hacía que todo lo demás desapareciera. Me giré un poco hacia él y lo vi sonriendo, acercándose lentamente, sin prisa, midiendo cada movimiento. El primer roce de sus labios con los míos fue suave, exploratorio. Un beso largo, lento, que dejó claro que había deseo, pero también cuidado. Me sentí segura, confiada, mientras mis manos buscaban su camiseta y acariciaban su espalda, sintiendo la fuerza y al mismo tiempo la delicadeza de su abrazo. Nos recostamos juntos en el sofá, él apoyado contra el brazo y yo ligeramente sobre su pecho, dejándonos llevar por la música que él había puesto de fondo, suave, casi imperceptible. Cada roce, cada suspiro, cada mirada compartida aumentaba la tensión y la cercanía. No era prisa; era momento de disfrutar de la intimidad, de estar el uno con el otro sin interrupciones. Él jugaba con mi cabello, y yo acariciaba su hombro, bajando lentamente hasta su brazo. Los besos se hicieron más profundos, más urgentes, y de nuevo sentí ese calor recorriendo mi cuerpo. La electricidad entre nosotros era evidente, cada vez nos estábamos excitando más. Nuestras bocas no se separaban, era todo muy pasional. Ninguno quería separarse, estábamos tumbados hasta que me moví y me puse encima suya, él seguía besándome a la vez que me acariciaba la cintura bajaba lentamente hacia mi culo. No habíamos querido sobrepasar ningún límite, pero esa vez era diferente, los dos sabíamos que lo era. Poco a poco su mano se volvía más intensa, me toqueteaba cada vez más y al final poco a poco nos fuimos desvistiendo. Primero empezó yo quitándole la camiseta. -Joder qué bueno estás colega- dije sin cortarme. Eso le excitó, se le podía ver en la cara. Me cogió con las dos manos la cara y seguimos besándonos. Luego le quité el pantalón y se podía ya ver su erección notable. Luego siguió el quitándome la camisa y el sujetador, y acto seguido el pantalón y las bragas. Ambos quedamos desnudos y expuestos. -Seguro que quieres?- me dijo él, igual de bueno que siempre, respetando límites. Y yo sin dudar -Pues claro que sí- dije sin pasar un segundo. Antes de que pudiera reaccionar, me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al dormitorio. El colchón cedió bajo nuestro peso cuando me arrojó sobre él, sus ojos oscuros clavados en mi cuerpo desnudo con una hambre que me hizo retorcerme. No me dio tiempo a suplicar. Sus dedos gruesos se hundieron en mi coño sin aviso, dos de ellos empujando dentro de mí con un ritmo implacable que me hizo arquear la espalda y agarrarme a las sábanas. -¡Ah, m****a!-El sonido que salía de mi garganta ni siquiera sonaba humano, una mezcla de gemido y jadeo mientras sus nudillos golpeaban mi clítoris en cada embestida. -Estaba deseando meterte mis dedos en el coño desde que entraste en la oficina-dijo- añadiendo un tercer dedo que me estiró hasta el límite. Sentí cómo mis paredes se contraían alrededor de ellos, cómo el orgasmo se acercaba como una ola imparable, pero justo cuando estaba a punto de correrme, retiró su mano con un movimiento brusco. -No!- Protesté, pero mi queja se ahogó cuando sentí la cabeza gruesa de su polla reemplazando sus dedos. Adrián no esperó. Con un empujón seco y profundo, me llenó de golpe, su grosor estirándome de una manera que dolía y excitaba a la vez. -¡Joder, qué apretada estás!- rugió, sus caderas comenzando un ritmo salvaje que me hizo ver estrellas. Cada embestida era más fuerte que la anterior, su pelvis chocando contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno que solo avivaba más el fuego entre mis piernas. Mis uñas se clavaron en sus hombros, mis gemidos se volvieron más altos, más desesperados, hasta que, sin pensar, le agarré la cabeza y la arrastré hacia mí. - Espero que estés disfrutando de mis gemidos tanto como yo de tu polla- grité, mis caderas levantándose para encontrarse con cada uno de sus golpes. La habitación se llenó del sonido de nuestros cuerpos chocando, de mis jadeos ahogados, de sus maldiciones entre dientes mientras me penetraba como si quisiera romperme. Y yo solo podía aferrarme a él, dejar que el placer me consumiera, sabiendo que esto era solo el principio.






