El domingo amaneció tranquilo, con una luz suave entrando por la ventana. Me desperté con la sensación agradable de no tener que correr, de que todo podía fluir a mi ritmo. El teléfono vibró sobre la mesita de noche y, al mirarlo, sonreí sin poder evitarlo.
Era él.
”¿Te apetece venir a desayunar a mi casa? Prometo café bueno y croissants.”
Mi corazón dio un pequeño vuelco. Sonaba casual, relajado, pero había en ese mensaje algo que me hizo sentir especial. No dudé ni un segundo.
“Vale, me prepa