El mejor desayuno

El domingo amaneció tranquilo, con una luz suave entrando por la ventana. Me desperté con la sensación agradable de no tener que correr, de que todo podía fluir a mi ritmo. El teléfono vibró sobre la mesita de noche y, al mirarlo, sonreí sin poder evitarlo.

Era él.

”¿Te apetece venir a desayunar a mi casa? Prometo café bueno y croissants.”

Mi corazón dio un pequeño vuelco. Sonaba casual, relajado, pero había en ese mensaje algo que me hizo sentir especial. No dudé ni un segundo.

“Vale, me preparo y salgo en 20.”

Me levanté con cuidado, todavía adormilada, y me puse algo cómodo pero bonito. Nada exagerado. No era necesario. Solo algo que me hiciera sentir que yo también quería estar bien para él. Me miré en el espejo y sonreí; algo en la mañana prometía un día distinto, uno de esos que se quedan en la memoria.

Cuando llegué a su casa, él abrió la puerta antes de que pudiera tocar el timbre. Sonrió al verme, y de nuevo sentí esa mezcla de familiaridad y electricidad que me recorría cada vez que estábamos juntos.

—Buenos días —dijo—. ¿Lista para un desayuno de campeones?

—Claro —respondí—. Aunque no sé si tu café podrá competir con el mío.

Se rió y me hizo pasar. La cocina olía a pan recién horneado y café, un aroma que me hizo sentir cómoda al instante. Él ya estaba preparando la mesa, poniendo platos y tazas como si lo hiciera para alguien importante. Y lo era.

Nos sentamos juntos, cerca, pero sin prisa. Desayunamos mientras hablábamos de tonterías al principio: del clima, de pequeñas anécdotas de la semana pasada, de los planes que cada uno tenía para el domingo. Pero poco a poco, la conversación se volvió más personal.

—Estaba pensando en ayer —empecé, un poco tímida—. En cómo nos encontramos en el pub y en la bachata…

—Yo también —dijo—. Fue… importante. Me di cuenta de cosas que no esperaba.

Me miró mientras hablaba, con esa intensidad que hace que todo lo demás desaparezca. Y de repente supe que estábamos en un punto delicado: la cercanía emocional crecía, pero aún teníamos límites, respeto y cuidado.

Hablamos de nuestras familias, de cómo se organizaban los domingos, de recuerdos que nos hicieron reír, de momentos que nos marcaron. Él me contó cosas sobre su infancia, la relación con su hermana, su madre, su padre, y cómo habían influido en quién era hoy. Yo hice lo mismo, compartiendo recuerdos y pequeñas historias que rara vez contaba.

No había presión, no había expectativa más allá de estar allí, juntos, compartiendo un momento cotidiano que se sentía especial solo porque él estaba conmigo.

Después del desayuno, nos quedamos en el salón, bebiendo café mientras escuchábamos música tranquila. Hablábamos de planes futuros sin comprometer nada, disfrutando de la compañía mutua, con risas suaves y miradas que decían mucho más que las palabras.

Cuando llegó el momento de irme, me levanté con un poco de pena, pero también con la satisfacción de haber pasado un domingo perfecto.

—Gracias por el desayuno —dije—. Ha sido… increíble

Después del desayuno, nos quedamos en el salón, bebiendo café mientras escuchábamos música tranquila. Hablábamos de planes futuros sin comprometer nada, disfrutando de la compañía mutua, con risas suaves y miradas que decían mucho más que las palabras.

Cuando me levanté para recoger un poco, él se acercó y me detuvo con una mano suave en mi brazo.

—No te vayas todavía —dijo, con esa voz cálida que me derrite—. Quédate un rato más. Podemos tomar otro café, escuchar música… o simplemente hablar.

Me quedé mirándole, sorprendida y un poco sonrojada.

—¿Seguro? —pregunté.

—Sí —asintió—. No hay prisa, y me gusta tenerte aquí.

Sonreí, rendida.

—Vale —dije—. Me quedo.

Y así, nos acomodamos de nuevo en el sofá, cerca pero sin prisa, dejando que la mañana siguiera su curso. La luz del domingo entraba por la ventana, suave y cálida, y yo sabía que esos momentos simples, pero compartidos, eran los que realmente contaban.

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