Mundo ficciónIniciar sesiónEl martes amaneció gris y lluvioso, pero la oficina seguía llena de actividad. Intenté concentrarme en los informes y en las tareas pendientes, pero cada vez que entraba Adrián a la sala, mi concentración desaparecía. No era solo su presencia ruda y segura; era la tensión que parecía generarse a su alrededor, esa electricidad que yo sentía cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos.
—Señorita Ruiz —dijo, su voz grave y firme mientras me entregaba un dossier—. Necesito que revises esto y me informes antes del mediodía. —Sí, señor —contesté, intentando mantener la voz neutra, aunque mi corazón latía más rápido de lo habitual. Mientras revisaba los documentos, sentí cómo se acercaba a mí, apoyándose ligeramente en el borde de mi escritorio. Su presencia era ruda, firme y, sin embargo, provocadora. Cada vez que hablaba, la forma en que su mirada me evaluaba me hacía sentir vulnerable y, al mismo tiempo, consciente de algo que no podía controlar. —Veo que has completado las tareas de la semana —dijo, con un tono que mezclaba aprobación y desafío—. Bien, pero quiero que me expliques este apartado en detalle. Me incliné sobre los informes para señalar los puntos importantes, y no pude evitar sentir cómo su hombro rozaba el mío. La proximidad me hizo estremecer, y él lo notó, porque arqueó una ceja con esa mirada intensa que parecía penetrar en mi mente. —¿Está todo claro? —preguntó, rudo, sin perder la compostura profesional—. Quiero que entiendas cada detalle. —Sí, señor —susurré, consciente de que mi voz temblaba ligeramente. Se inclinó un poco más, lo suficiente para que nuestras manos quedaran cerca mientras señalaba algunos gráficos. El roce accidental de sus dedos con los míos hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo. Intenté apartar la mente de cualquier pensamiento inapropiado, pero era imposible ignorar la tensión que se sentía entre nosotros. —No puedo creer que algo tan simple pueda distraerte tanto —dijo con un dejo de ironía, aunque su mirada seguía fija en mí—. No es profesional perder la concentración. —Lo intento —contesté, tratando de mantener la calma, aunque cada palabra era un esfuerzo—. —Hm —gruñó, cruzando los brazos, pero su proximidad seguía siendo innegable—. Debes aprender a controlar lo que sientes incluso cuando estás cerca de alguien que… podría distraerte. Mi corazón se aceleró. No dijo nada explícito, pero el mensaje era claro: él sabía lo que provocaba en mí y, de algún modo, estaba disfrutando de ello. Intenté no mirar demasiado sus labios o sus ojos oscuros, pero la tensión entre nosotros se volvía casi tangible. En un momento, mientras me inclinaba para recoger un bolígrafo que había caído al suelo, sentí su mano cerca de la mía, como si estuviera listo para ayudarme. No lo hizo de manera obvia ni inapropiada, pero la cercanía fue suficiente para que mis pensamientos se nublaran. —Cuidado —susurró, rudo, firme—. No quiero que te lastimes por un descuido. —Gracias —dije, sintiendo que mis mejillas se calentaban—. Estoy bien. —No parece suficiente —dijo, arqueando una ceja—. A veces la apariencia no refleja la realidad. El resto de la mañana transcurrió entre tareas y miradas intensas. Cada vez que me acercaba a algún documento o tomaba un informe, él estaba ahí, medido, rudo, provocador, pero profesional. Era como un juego silencioso en el que ambos éramos conscientes de cada gesto, cada roce, cada respiración. Durante el almuerzo, mientras me servía un café, Adrián apareció cerca de mí inesperadamente. Su presencia me hizo levantar la vista y toparme con sus ojos oscuros, llenos de intensidad. Me sonrió apenas, pero la tensión que emanaba era suficiente para que mi respiración se acelerara. —Espero que tu mañana haya sido productiva —dijo, rudo y controlado, pero con un toque de provocación—. Aunque parece que ciertos detalles han llamado demasiado tu atención. —Detalles… —repetí, sintiendo un nudo en la garganta—. No sé a qué te refieres. —Oh, sí lo sabes —dijo, con una sonrisa apenas perceptible—. La proximidad, los roces, la tensión. Todo cuenta. Mi corazón latía con fuerza. Intenté ignorarlo, pero era imposible. Cada palabra, cada gesto, cada mirada, aumentaba la atracción que sentía y la conciencia de que estaba completamente atrapada en su juego. —Adrián… —susurré, tratando de mantener la compostura—. No deberíamos… —Deberíamos —interrumpió, rudo y serio—. Esto es solo una oportunidad para aprender algo más sobre ti. Y creo que no deberías negarte a eso. —No… no es eso —dije, tartamudeando—. Es complicado. —Claro que lo es —contestó, cruzando los brazos y acercándose un poco más—. Pero a veces lo complicado es lo que hace que valga la pena. El roce de su hombro contra el mío mientras pasaba era suficiente para que mis pensamientos se volvieran imposibles de controlar. Intenté apartarme, pero cada movimiento suyo parecía diseñado para mantenerme atrapada en esa tensión. —Señorita Ruiz —dijo finalmente, con un tono que mezclaba rudo y provocador—. Tienes que aprender a manejar lo que sientes. Cada interacción, cada gesto, tiene consecuencias. —Lo sé —susurré, con el corazón latiendo fuerte—. Estoy intentando… —Hm —gruñó, arqueando una ceja—. Intenta más. No quiero que un simple roce te desconcentre así otra vez. Mientras se alejaba, podía sentir que había dejado una marca en mí, no solo emocional, sino también física. Cada contacto, cada mirada, cada gesto provocador, me hacía más consciente de lo peligrosa que era esta atracción. Y mientras me sentaba de nuevo, intentando concentrarme, un pensamiento se repetía: él no solo me atraía, sino que había convertido cada interacción en un juego que yo no podía ganar ni escapar. Sabía que la próxima vez que estuviéramos cerca, todo sería aún más intenso. Cada roce, cada gesto, cada palabra contenida sería un recordatorio de lo que había surgido entre nosotros y de lo imposible que sería ignorarlo. Y mientras organizaba los papeles en mi escritorio, no pude evitar pensar: él estaba jugando con fuego, y yo estaba cayendo de lleno en la llama.






