Mundo ficciónIniciar sesiónEl lunes comenzó con un silencio extraño en mi mente. No podía dejar de pensar en lo que había pasado el sábado en el pub. Ese beso, breve pero intenso, no solo me había sorprendido, sino que también había encendido algo dentro de mí que no estaba preparada para enfrentar. Mientras caminaba hacia la oficina, intenté concentrarme en otra cosa, pero cada recuerdo me golpeaba con fuerza: la presión de sus labios, la cercanía de su cuerpo y esa mirada intensa que me había dejado sin palabras.
Al llegar, lo vi en la sala de reuniones, revisando unos informes. La rutina habitual de lunes parecía trivial comparada con lo que había pasado. Intenté actuar como si nada hubiera sucedido, pero mi corazón traicionaba mis intenciones. —Buenos días, señor Montenegro —dije, manteniendo la voz firme aunque mi estómago estuviera revuelto. —Buenos días, señorita Ruiz —respondió, sin sonreír, pero con esa mirada intensa que me hacía estremecer—. Espero que tenga todo listo para la reunión de hoy. Asentí, sintiendo cómo cada palabra suya me ponía alerta. Cada vez que nos cruzábamos, sentía la electricidad que había surgido en el pub, como si el beso hubiera dejado un hilo invisible que nos conectaba de manera peligrosa. Mientras caminábamos hacia la sala, traté de mantener la cabeza alta y concentrarme en los documentos. Pero no podía evitar notar cómo sus ojos recorrían mi figura, evaluando, midiendo, provocando. Era imposible ignorarlo; incluso en su actitud ruda y profesional, había una tensión que no podía negar. —Espero que los informes estén completos —dijo, rudo, dejando claro que esperaba profesionalidad—. No quiero sorpresas. —Sí, señor —contesté, respirando hondo, intentando concentrarme en los números. Mientras revisaba los documentos frente a él, sentí nuevamente esa cercanía que había experimentado el sábado. Cada vez que me inclinaba para señalar algo, su mirada se clavaba en mí, firme y controladora, y yo me sentía atrapada entre la obediencia y la tensión que me provocaba. —Señorita Ruiz —dijo de repente, con la voz grave y ruda—. Necesito que revises este gráfico y me expliques el impacto de los resultados en los próximos proyectos. —Claro —dije, señalando el gráfico, intentando ignorar la forma en que su presencia me hacía estremecer—. Estos números muestran un aumento significativo en la eficiencia del equipo gracias a la reorganización y la implementación de nuevos protocolos. —Hm —gruñó, cruzando los brazos—. Bien, pero observa cómo la comunicación afecta los resultados. No quiero que los detalles se subestimen. Asentí, concentrándome en el trabajo, pero no podía evitar que mi mente regresara al sábado: el beso, la protección, la tensión que había sentido. Cada vez que él se inclinaba ligeramente hacia mí o ajustaba un documento cerca de mis manos, la sensación volvía, más intensa que antes. En un momento, mientras me inclinaba para recoger unos papeles que se habían caído, sentí su mano rozar la mía accidentalmente. Fue un contacto breve, profesional, pero la cercanía me hizo estremecerme de nuevo. Era como si el sábado no hubiera sido suficiente para calmar la electricidad que existía entre nosotros. —Cuidado —murmuró, rudo y serio—. No quiero que te lastimes. —Gracias —susurré, con la voz temblorosa, intentando recuperar la compostura—. Estoy bien. —No hay problema —dijo, con un tono grave—. Solo asegúrate de no distraerte demasiado. El resto de la reunión transcurrió entre comentarios profesionales y miradas cargadas de tensión. Cada vez que nos cruzábamos, cada gesto suyo, cada palabra medida, hacía que mi corazón latiera más rápido. Él seguía rudo y provocador, manteniendo el control absoluto, y yo me sentía atrapada en una mezcla de miedo, deseo y fascinación que no podía explicar. —Señorita Ruiz —dijo finalmente, mientras revisábamos los últimos informes—. Creo que podemos dar por cerrada la reunión. Pero necesito que recuerdes algo: el control es esencial, tanto en los proyectos como en la vida personal. —Entendido, señor —contesté, con un nudo en la garganta—. Siempre intento mantenerlo todo en orden. Mientras guardábamos los documentos, se acercó para pasar junto a mí. La cercanía era inevitable, y por un instante, sentí que podía leer sus pensamientos en sus ojos oscuros y calculadores. No dijo nada inapropiado, pero la tensión entre nosotros era tan palpable que no podía ignorarla. —Recuerda —dijo, rudo, con esa mezcla de autoridad y provocación que me dejaba sin aliento—. Todo lo que hagas tiene consecuencias. Incluso lo que sientes. —Sí, señor —susurré, incapaz de apartar la vista de sus ojos—. Lo tendré en cuenta. Cuando nos separamos finalmente, pude sentir que algo había cambiado. El beso del sábado, su cercanía, su provocación y su rudeza habían dejado una marca en mí que no desaparecería fácilmente. Cada interacción con él parecía elevar la tensión, haciéndome más consciente de mi atracción y de lo peligroso que era dejarme llevar por ella. Mientras caminaba hacia mi escritorio, sentí que algo se movía dentro de mí: un deseo de acercarme, de entenderlo, de jugar con la tensión que nos unía. Sabía que estaba jugando con fuego, pero también sabía que cada encuentro con él era un riesgo que estaba dispuesta a tomar. —Señorita Ruiz —dijo él, deteniéndose un instante a mi lado mientras recogía unos documentos—. No olvides que algunas líneas no deben cruzarse. Ni en la oficina, ni fuera de ella. —Lo sé —contesté, intentando mantener la calma, aunque mis pensamientos estaban lejos de la oficina—. No pienso cruzarlas. —Eso espero —gruñó, arqueando una ceja, dejando entrever una mezcla de advertencia y provocación. Mientras él se alejaba, pude sentir que la tensión no disminuía, sino que crecía. Cada roce, cada mirada, cada palabra contenida, había dejado una marca indeleble. Y mientras me sentaba de nuevo en mi escritorio, sabía que el juego entre nosotros no había hecho más que empezar, y que la atracción, la tensión y los sentimientos que empezaban a surgir serían imposibles de ignorar. El lunes parecía normal, pero dentro de mí, todo había cambiado. Cada pensamiento sobre él me hacía consciente de lo que podría suceder si no controlaba mis emociones. Y mientras organizaba los papeles en mi escritorio, un pensamiento insistente se repetía en mi mente: él no solo me atraía, también estaba jugando con mi mente y con mi corazón, y no podía escapar de eso. Sabía que el próximo encuentro sería más intenso, más peligroso y que cada decisión que tomara acercaría más a ambos al límite de lo profesional y lo personal. Y aunque intentara negarlo, una parte de mí quería que así fuera, aunque fuera arriesgado, emocionante y absolutamente imposible de controlar.






