Mañana lenta

Me desperté antes que él.

No fue por el despertador ni por ningún ruido concreto, sino por esa sensación extraña de estar en un sitio que no es el tuyo… pero que tampoco te resulta ajeno. La luz entraba suave por las cortinas, todavía pálida, de mañana temprana. Durante unos segundos me quedé quieta, respirando despacio, escuchando el silencio de la casa.

Y entonces lo sentí.

Su presencia a mi lado. El calor. El peso tranquilo de alguien que duerme sin miedo a nada.

Giré un poco la cabeza, lo justo para mirarlo. Adrián estaba boca arriba, con el brazo doblado sobre el pecho, el rostro relajado, sin esa expresión dura que solía tener durante el día. Dormido parecía otro. Más humano. Más cercano. Más peligroso para mí, pensé.

Sonreí sin darme cuenta.

La noche anterior volvió a mi cabeza en flashes desordenados: el sofá, la música, los silencios cargados, las miradas largas, las manos que sabían exactamente dónde colocarse sin necesidad de palabras. Nada había sido precipitado, y aun así todo había sido intenso. Demasiado.

Me incorporé despacio, intentando no despertarlo. El suelo estaba frío bajo mis pies cuando caminé hacia la cocina. Me puse una de sus camisas por encima, casi por instinto, y ese gesto tan simple me removió algo por dentro. No era mía, pero en ese momento lo parecía.

Preparé café en silencio, observando la casa con otros ojos. No era solo grande o elegante; era ordenada, sobria, con ese tipo de detalles que delatan a alguien que vive solo y está acostumbrado a controlarlo todo. Me pregunté cuántas mañanas como esa había tenido… y por qué esta se sentía diferente.

Cuando el café estuvo listo, apoyé la taza entre las manos y respiré hondo. Fue entonces cuando escuché pasos detrás de mí.

—Buenos días —dijo su voz, grave, todavía algo dormida.

Me giré despacio. Adrián estaba apoyado en el marco de la puerta, despeinado, con esa mezcla de tranquilidad y presencia que siempre me descolocaba.

—Buenos días —respondí, intentando sonar normal.

Se acercó sin prisas, como si no hubiera ningún motivo para apresurarse. Se sirvió café y se apoyó a mi lado en la encimera. Durante unos segundos no dijo nada. Solo bebió un sorbo y me miró de reojo.

—¿Has dormido bien? —preguntó.

—Sí —dije—. Sorprendentemente bien.

Sonrió apenas. Ese gesto mínimo que solo hacía cuando estaba cómodo.

El silencio no era incómodo. Era denso, pero tranquilo. Como si los dos estuviéramos procesando lo mismo sin necesidad de decirlo en voz alta.

—Lara —empezó, apoyando la taza—. Hoy podrías… si quieres, claro… trabajar desde aquí.

Levanté la mirada hacia él.

—¿Desde aquí?

—Sí. Tengo varias reuniones online y bastante trabajo que adelantar. Pensé que podríamos… estar los dos. Cada uno a lo suyo.

No lo dijo como una invitación cargada de doble sentido. Fue directo, natural. Y eso, curiosamente, lo hizo aún más íntimo.

—¿No sería raro? —pregunté—. Quiero decir… profesionalmente.

—Puede serlo si lo hacemos raro —respondió—. O puede ser simplemente cómodo.

Lo pensé unos segundos. La idea de volver a casa, cambiarme, fingir que la noche no había pasado, se me hizo extraña de repente.

—Vale —dije al final—. Me quedo.

Su expresión cambió apenas, pero lo suficiente como para notarlo. Satisfacción. Algo parecido a alivio.

—Bien.

Trabajamos en el despacho. Él en su escritorio, yo en la mesa auxiliar, con mi portátil. Al principio reinó un silencio concentrado, roto solo por el tecleo y alguna llamada puntual. Era curioso lo fácil que resultaba compartir espacio con él sin sentirme invadida.

A media mañana, me levanté a estirar las piernas y me acerqué a la ventana.

—¿Siempre trabajas tanto? —pregunté.

—Demasiado —respondió sin levantar la vista—. Pero hoy… no me importa.

Me giré hacia él.

—¿Por qué?

Alzó la mirada entonces, directa, sincera.

—Porque estás aquí.

El comentario me atravesó más de lo que esperaba. Volví a mi sitio intentando disimularlo, pero la sensación se quedó conmigo.

Durante el descanso, hablamos de trabajo. De proyectos, de decisiones pendientes, de ideas nuevas. Era fácil olvidar por momentos lo que había pasado entre nosotros, hasta que una mirada se alargaba demasiado o una frase se quedaba flotando en el aire.

—Esto no es habitual para mí —dije en un momento, casi sin pensar.

—¿Qué cosa?

—Mezclar así las cosas. Trabajo y… lo demás.

Se levantó y se apoyó frente a mí, sin invadir, pero cerca.

—Para mí tampoco —admitió—. Pero tampoco me arrepiento.

Lo miré. No había rastro de duda en su voz.

—Yo tampoco —dije.

No hubo beso. No hubo caricias. Y, aun así, la cercanía fue más intensa que muchas noches enteras que había vivido antes.

Seguimos trabajando. Compartiendo café. Riendo de comentarios tontos. Era una intimidad nueva, tranquila, peligrosa precisamente por eso: porque se sentía real.

En algún punto, me di cuenta de que no estaba pensando en el mañana ni en las consecuencias. Solo en ese momento. En esa mañana lenta. En esa sensación de estar donde quería estar.

Y eso, más que el deseo, fue lo que más me asustó.

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