El despacho se fue quedando en silencio poco a poco, como si la mañana hubiese decidido bajar el ritmo sin avisar. Adrián estaba concentrado frente a la pantalla, con el ceño ligeramente fruncido, revisando algo que parecía importante. Yo fingía hacer lo mismo, aunque llevaba varios minutos leyendo la misma frase sin procesarla del todo.
No era culpa del trabajo.
Era culpa de él.
De lo natural que se sentía compartir espacio. De lo cómodo. De lo peligrosamente fácil que era olvidar que aquello