Mundo ficciónIniciar sesiónEl despacho se fue quedando en silencio poco a poco, como si la mañana hubiese decidido bajar el ritmo sin avisar. Adrián estaba concentrado frente a la pantalla, con el ceño ligeramente fruncido, revisando algo que parecía importante. Yo fingía hacer lo mismo, aunque llevaba varios minutos leyendo la misma frase sin procesarla del todo.
No era culpa del trabajo. Era culpa de él. De lo natural que se sentía compartir espacio. De lo cómodo. De lo peligrosamente fácil que era olvidar que aquello no era normal. Que no debía serlo. Me levanté para ir a la cocina a por agua, intentando despejar la cabeza. Noté su mirada incluso antes de girarme, como si me siguiera por pura inercia. No era descarado. Era peor: era constante. —¿Todo bien? —preguntó cuando volví con el vaso en la mano. —Sí —respondí—. Solo necesitaba moverme un poco. Asintió, pero no volvió inmediatamente a la pantalla. Me observó un segundo más de la cuenta, y ese segundo bastó para que algo se tensara entre nosotros. No era deseo puro, no exactamente. Era esa otra cosa que se mete debajo de la piel y no se va. —Lara —dijo de pronto—, si en algún momento te sientes incómoda… dímelo. Me apoyé en la mesa, cruzándome de brazos. —No me siento incómoda. —Lo sé —respondió—. Pero prefiero decirlo. Lo miré fijamente. No estaba marcando límites para alejarse, sino para quedarse sin que nada se rompiera. Eso me desarmó más que cualquier gesto impulsivo. —Gracias —dije al final—. De verdad. Volvimos al trabajo. O lo intentamos. A media mañana, tuvimos una reunión conjunta por videollamada. Nada especialmente tenso, pero sí lo suficiente como para que ambos adoptáramos ese tono profesional que tan bien se nos daba. Verlo cambiar así, tan rápido, me recordó quién era fuera de aquella casa. Quién era para el resto del mundo. Cuando colgamos, soltó el aire despacio y se pasó la mano por la cara. —Necesitaba que terminara —murmuró. —Se te da bien fingir que no pasa nada —comenté. —No es fingir —dijo mirándome—. Es separar. Me acerqué un poco más sin darme cuenta. —¿Y no te cansa? Me sostuvo la mirada. —Sí. Bastante. Ese fue el momento en el que algo cambió de verdad. No hubo beso, ni acercamiento físico claro. Fue algo más sutil: la certeza compartida de que ya no estábamos jugando. Nos sentamos en el sofá a comer algo rápido. Nada elaborado. Nada especial. Y aun así, todo lo era. Hablamos de cosas pequeñas: música, viajes pendientes, tonterías que normalmente no salen en conversaciones laborales. Me sorprendió lo fácil que era hacerlo reír. —No pareces tan serio cuando no estás trabajando —le dije. —No dejo que mucha gente vea esto —respondió. —¿Y por qué a mí sí? Se quedó callado unos segundos. —Porque contigo no siento que tenga que demostrar nada. Esa frase se me quedó clavada. Después de comer, volvió a insistir en que siguiéramos trabajando, aunque el ambiente ya no era el mismo. Cada gesto era más consciente. Cada mirada, más larga. No había prisas, pero sí una especie de cuenta atrás silenciosa. A última hora de la tarde, cerré el portátil y me recosté contra el respaldo del sofá. —Estoy agotada —confesé. —Yo también —dijo—. Pero no del trabajo. Nos miramos. Largo. Sin disimulo. —Esto se está complicando —dije en voz baja. —Lo sé. —¿Y? No respondió de inmediato. Se acercó, despacio, hasta quedar frente a mí. No me tocó. No hizo falta. —No quiero que te vayas pensando que esto ha sido un error —dijo—. Ni quiero que te quedes por miedo a que lo sea. Tragué saliva. —No es un error —respondí—. Pero tampoco es simple. Sonrió, cansado, honesto. —Nunca lo es cuando importa. El silencio volvió a envolvernos. Afuera empezaba a caer la tarde. Dentro, algo se asentaba con calma peligrosa. No pasó nada más ese día. Y, paradójicamente, eso fue lo que lo hizo todo más intenso. Porque cuando no cruzas una línea, empiezas a darte cuenta de cuántas ya has dejado atrás.






