Mundo ficciónIniciar sesiónMe recosté en el sofá, respirando aún un poco acelerada. La habitación estaba tranquila, solo con el eco de la música que se había apagado y los latidos que todavía sentía en mi pecho. Adrián seguía a mi lado, cercano, rudo y silencioso, pero con esa intensidad que no podía ignorar.
—Mm… —susurré para mí misma—. Esto… esto fue demasiado. Él me miró de reojo, con esa expresión que mezclaba satisfacción y provocación. No dijo nada, solo dejó que el silencio hablara por él, y no pude evitar sonreír con complicidad. Esa media hora había cambiado algo entre nosotros: todo era más cercano, más intenso, más real. —¿Quieres agua? —preguntó finalmente, con la voz ruda, aunque suave—. O prefieres quedarte un poco así. —Mm… me quedo un poco así —dije, sin moverme, disfrutando de la sensación de tenerlo tan cerca. Nos acomodamos uno al lado del otro, apenas rozándonos, y aún así cada contacto era suficiente para que mi respiración se acelerara de nuevo. Sus manos descansaban cerca de las mías, sin tocarme demasiado, pero lo suficiente para mantener la tensión viva. —Mm… —susurré, mientras apoyaba la cabeza en su hombro—. Esto… esto no quiero que termine nunca. Él soltó un gruñido suave, rudo y lleno de intención, y me acomodó un poco más cerca, como si quisiera recordarme que estaba ahí, que podía quedarme, que quería estar conmigo. Cerré los ojos un momento, dejando que su cercanía me envolviera, disfrutando de la sensación de que nada más importaba. —Mm… —pensé, con una sonrisa—. Lo quiero. Lo deseo. Lo necesito. Durante esos minutos, hablamos de cosas ligeras: la película que acabábamos de ver, cómo había sido el día en el trabajo, detalles triviales que nos hacían reír, pero siempre con la tensión latente, con la química que nos mantenía pegados y alertas a cada gesto del otro. Cada comentario suyo tenía doble sentido, aunque sutil, y yo lo sentía en cada fibra de mi cuerpo. —Mm… —susurré para mí misma—. Cada palabra suya me provoca… y me encanta. Sin previo aviso, me giré un poco hacia él, apoyando mi mano suavemente en su brazo. Él no se apartó; al contrario, me abrazó con cuidado, pegando su torso al mío. Nuestros labios se encontraron en un beso rápido, intenso, y luego nos separamos apenas, respirando juntos, con las frentes apoyadas. —Mm… —murmuré, con el corazón latiendo fuerte—. Esto… esto es demasiado. Él sonrió, rudo, provocador, y nos quedamos así unos minutos más, compartiendo silencio, risas suaves, roces ligeros y esa sensación de cercanía que lo decía todo. No hacía falta hablar de límites ni de lo que había pasado; los dos sabíamos que lo que sentíamos era real, intenso y compartido. —Mm… —susurré por última vez, mientras apoyaba la cabeza nuevamente en su hombro—. Quiero quedarme así un rato más. Él no dijo nada, solo me abrazó un poco más fuerte, rudo pero cuidadoso, y yo me dejé llevar, disfrutando de la sensación de tenerlo tan cerca, de sentir que aquello era nuestro pequeño mundo, solo para nosotros, donde la química, el deseo y la ternura se mezclaban sin necesidad de palabras.






