El sol de la tarde caía suave, tiñendo todo con tonos dorados, mientras él recorría la ciudad con una sonrisa contenida. En su cabeza se repetía una y otra vez lo que iba a hacer: quería que fuera perfecto, que ese momento quedara grabado para siempre en ambos. Por eso había hecho dos paradas: primero la protectora para recoger al cachorro de San Bernardo que había estado siguiendo desde hacía días, y después una floristería para elegir un ramo que reflejara todo lo que sentía.
Cuando salió de