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La mejor tarde de su vida

El sol de la tarde caía suave, tiñendo todo con tonos dorados, mientras él recorría la ciudad con una sonrisa contenida. En su cabeza se repetía una y otra vez lo que iba a hacer: quería que fuera perfecto, que ese momento quedara grabado para siempre en ambos. Por eso había hecho dos paradas: primero la protectora para recoger al cachorro de San Bernardo que había estado siguiendo desde hacía días, y después una floristería para elegir un ramo que reflejara todo lo que sentía.

Cuando salió de la floristería, el olor dulce de las flores frescas llenó el coche, mezclándose con la emoción y los nervios que no podía evitar sentir. Entre sus manos descansaba el ramo, cuidadosamente elegido: tulipanes y rosas en tonos suaves, mezclados con verdes que parecían vivos, como si respiraran alegría. Era el complemento perfecto para la sorpresa que ya esperaba en su casa.

El cachorro estaba en su transportín, quieto pero curioso, moviendo la cola de manera intermitente. Él lo miraba por el retrovisor, acariciando suavemente su cabeza mientras conducía, imaginando la cara de ella cuando lo viera. No podía evitar sonreír. Todo estaba saliendo exactamente como lo había planeado.

Al llegar a casa, aparcó con cuidado y bajó del coche con el cachorro y las flores, manteniendo todo oculto mientras subía al jardín. Allí, escogió el lugar más bonito: un pequeño claro rodeado de flores, con el césped perfecto y la luz del atardecer cayendo entre los árboles. Colocó cuidadosamente el transportín y el ramo, asegurándose de que todo estuviera listo.

Cuando la vio aparecer, ya desde el final del camino del jardín, su corazón se aceleró. Ella se detuvo, sorprendida por la escena: el cachorro asomaba la cabeza del transportín, curioso, y el ramo descansaba a su lado, irradiando color y frescura.

—¿Qué es todo esto? —preguntó ella, maravillada y sonriendo mientras se acercaba.

Él caminó hacia ella, con calma, pero con la intensidad de quien llevaba semanas pensando en ese momento. Tomó el ramo y se lo entregó primero, dejándola sonreír mientras sus dedos se rozaban apenas.

—Para ti —dijo—. Porque mereces algo bonito cada día, y porque quería que empezáramos hoy con una sorpresa.

Ella abrió los brazos para recibirlo, oliendo las flores, y él aprovechó para acercarse un poco más, poniendo el transportín del cachorro en el césped. El pequeño San Bernardo salió, tropezando torpemente, y corrió hacia ella moviendo la cola, como si supiera que estaba destinado a estar allí.

Ella se agachó, riéndose y acariciando al cachorro, mientras él la observaba con el corazón latiendo fuerte. Cada risa suya, cada gesto de ternura hacia el perrito, lo hacía sentirse más decidido. Era el momento.

—Lara… —comenzó, su voz temblando un poco por la emoción—. Hay algo que quiero decirte desde hace tiempo…

Ella lo miró, con los ojos brillantes, sin saber exactamente qué esperar. El cachorro jugaba a su alrededor, y las flores estaban allí, recordándole que todo estaba preparado.

Él respiró hondo y se arrodilló en el césped, tomando una mano de ella entre las suyas. Sacó un pequeño estuche de terciopelo y lo abrió con cuidado, mostrando un anillo simple pero elegante, brillante bajo la luz dorada del atardecer.

—Lara… —dijo de nuevo, con voz firme pero llena de emoción—. No quiero perder ni un solo día más sin que sepas lo que siento. Quiero que seas mi novia, que caminemos juntos, que construyamos todo esto paso a paso, pero siempre juntos.

Ella parpadeó, sorprendida, mientras su corazón se aceleraba y sentía un nudo en la garganta. El cachorro saltaba a su alrededor, casi celebrando, y las flores caían suavemente al césped. Todo parecía un sueño.

—¿Estás… hablando en serio? —susurró, con los ojos brillantes y la voz temblando un poco.

—Sí —dijo él, sonriendo y levantando su mano para mostrarle el anillo más cerca de sus ojos—. Nunca he estado más seguro de algo en mi vida. Quiero estar contigo, Lara. Quiero que aceptes ser mi novia.

Ella dejó que las lágrimas asomaran, pero su sonrisa lo decía todo. Se inclinó hacia él, y él la sostuvo suavemente por la cintura, sintiendo cómo la emoción de ambos llenaba el aire.

—Sí… —dijo finalmente, entre risas y lágrimas—. Sí, quiero.

Él se levantó lentamente, tomando su mano y levantando el anillo hacia ella para colocárselo con cuidado. Luego la abrazó, y por un instante todo desapareció: la tarde, las flores, el cachorro, el mundo entero. Solo estaban ellos, abrazados, sintiendo que cada momento de su relación los había llevado a este instante perfecto.

—Te amo —susurró él, apoyando la frente contra la suya.

—Y yo a ti —respondió ella, riendo y llorando al mismo tiempo, mientras el cachorro brincaba alrededor, feliz de estar allí.

Se quedaron así, abrazados, disfrutando del momento, mientras el sol bajaba lentamente y pintaba todo de tonos cálidos. La vida parecía perfecta, y por primera vez sentí que todo encajaba: su amor, su cercanía, su ternura, y la certeza de que estábamos construyendo algo real y duradero.

El cachorro se acomodó a sus pies, y ellos miraron el jardín lleno de flores, el lugar donde todo comenzó a sentirse aún más suyo, aún más especial. Habían dado un paso enorme, y sabían que eso era solo el principio de todo lo que querían vivir juntos.

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