Mundo ficciónIniciar sesiónMe desperté con los primeros rayos de sol entrando por la ventana, suaves y cálidos, y lo primero que sentí fue el calor de su cuerpo abrazándome por detrás. La manta nos cubría parcialmente, y él todavía dormía con la respiración tranquila sobre mi cuello. No podía evitar sonreír; la noche anterior seguía latiendo en mi pecho como un recuerdo vivo.
Me giré un poco hacia él, apoyando la mejilla en su pecho y dejándome envolver por la calidez de su abrazo. Sus manos descansaban sobre mi cintura, firmes pero suaves, y yo podía sentir cada latido, cada respiración, cada pequeño gesto que me hacía sentir segura y querida. —Buenos días —susurré, sin querer despertarlo demasiado. Él abrió los ojos lentamente, me miró con esa sonrisa tranquila que siempre hacía que mi corazón se acelerara y me acarició la mejilla con suavidad. —Buenos días… —dijo, su voz aún ronca por el sueño—. Quédate un momento más, ¿sí? Asentí y me acomodé aún más cerca, apoyando la cabeza en su pecho y dejando que sus brazos me rodearan con cuidado. Me sentía ligera, cómoda, y sorprendentemente en paz. Todo lo que habíamos pasado juntos, todas las risas, los abrazos, los roces, se sentían naturales, como si hubiésemos estado haciendo esto toda la vida. Nos quedamos así unos minutos, disfrutando de la calma, hasta que él se incorporó un poco para mirar el reloj y estirarse. Yo me removí suavemente para acomodarme, y entonces noté que estaba pensando en la mañana: —¿Quieres desayunar aquí o bajamos a la cocina? —preguntó mientras se incorporaba un poco más, apoyando la espalda en la cabecera. —Aquí está bien —dije, abrazándolo ligeramente—. Podemos quedarnos un rato más y luego bajar. Sonrió y me besó la frente antes de inclinarse hacia el portátil que había dejado en la mesita. Empezamos a buscar algo ligero de ver mientras desayunábamos; yo tomé un poco de café, él un vaso de zumo, y seguimos en la cama, cómodos, pegados, sin prisa. —Ayer… —empecé, dejando que mi voz flotara—. No sé cómo explicar lo que sentí… todo se sintió tan natural, tan nuestro. Él apoyó una mano sobre la mía, entrelazando los dedos y apretando suavemente: —Sí… yo también lo sentí. No era solo… físico. Era todo. La cercanía, tu risa, cómo me mirabas… Todo me hizo sentir que esto es más que un momento. Sonreí, sintiéndome un nudo de emociones, y apoyé mi cabeza un poco más cerca de su pecho. Nos quedamos abrazados, sin necesidad de hablar mucho más, disfrutando de la tranquilidad de la mañana y de la sensación de seguridad que él me daba. —Luego podríamos bajar a la cocina y preparar algo más de desayuno, ¿quieres? —propuso, rozando mi pelo suavemente con la mano. —Sí —dije—. Pero me gusta esto también. Solo nosotros, aquí, un rato más. —Perfecto —dijo, con una sonrisa satisfecha—. Podemos quedarnos así hasta que nos apetezca movernos. Nos acomodamos de nuevo bajo la manta, con la película de fondo sonando suavemente y la luz del sol acariciando la habitación. Cada roce, cada pequeño gesto, reforzaba lo que habíamos construido: confianza, cariño y una intimidad cálida que no necesitaba palabras ni presión. A medida que el sol iba entrando más, él me acariciaba la mejilla, apartando suavemente los mechones que caían sobre mis ojos, y yo me movía ligeramente para encontrar un abrazo más cómodo, pegándome a él, dejándome llevar por la sensación de cercanía. —No puedo evitarlo —susurré—. Me encanta cómo es esto… contigo. —Yo tampoco —respondió, apoyando la cabeza sobre la mía por un instante—. Y quiero que dure. Todo esto, los momentos tranquilos, los pequeños detalles… Quiero que sean nuestros. Nos quedamos así hasta que finalmente nos decidimos a bajar a la cocina, todavía abrazados y con la sensación de que nada más en el mundo importaba. Todo era nosotros, el desayuno, la luz de la mañana, la risa compartida, y esa certeza silenciosa de que estábamos construyendo algo más profundo, más real, juntos. Bajamos juntos a la cocina, todavía abrazados de manera casi automática. Cada paso que daba junto a él me hacía sentir segura, como si no importara nada más en el mundo. La luz de la mañana entraba por la ventana y reflejaba la calidez de nuestra complicidad; incluso algo tan sencillo como preparar el desayuno juntos se sentía especial. —¿Café? —preguntó, mientras yo me apoyaba en la encimera observándolo. —Sí, gracias —dije, sonriendo mientras él llenaba la cafetera. El aroma del café recién hecho llenó la cocina, mezclándose con la calidez de la mañana y la sensación de cercanía que no dejaba de recorrerme el pecho. Nos movíamos con cuidado, ajustando nuestras posiciones para mantenernos pegados sin estorbar, rozándonos de manera casual mientras él preparaba tostadas y yo abría la nevera para sacar mantequilla y mermelada. —Estar así contigo… —empecé, jugueteando con un pedazo de pan—. Me hace pensar en todo lo que podríamos tener juntos. Él se giró hacia mí, apoyando una mano en mi cintura y acercándome suavemente. —¿Todo lo que podríamos tener? —repitió, con esa voz suave que siempre conseguía que me ruborizara. —Sí —dije, jugando con sus dedos mientras él acomodaba los platos en la mesa—. No solo los momentos como estos, sino… todo lo demás. Cómo podríamos vivir, qué querríamos para nuestra vida, nuestros planes… Él sonrió, ladeando la cabeza mientras me miraba fijamente. —Entonces, ¿hablamos de eso? —preguntó—. De lo que queremos juntos. Asentí, y nos sentamos en la mesa, aún tocándonos con las piernas bajo los platos, el roce constante recordándonos que éramos más que simples compañeros. El café humeante entre nosotros parecía acentuar la intimidad de la conversación, y el ambiente era tranquilo, lleno de ternura. —Quiero que podamos apoyarnos mutuamente —empecé, jugando con la cucharilla del café—. Que hagamos cosas juntos, pero también que tengamos nuestros espacios, ¿sabes? Que podamos compartir una vida sin perder lo que somos individualmente. —Sí —dijo él, tomando mi mano y entrelazando los dedos—. Para mí es lo mismo. Y, si hablamos de planes a futuro… también me gustaría que tengamos una familia algún día. Sentí un calor inesperado recorrerme el cuerpo. Sus palabras eran suaves, naturales, como si fuera lo más normal del mundo. No había presión, solo sinceridad y confianza. —A mí también me gustaría —susurré—. No quiero apresurar nada, pero sí quiero que, cuando llegue el momento, sea contigo. Él me sonrió con esa intensidad tranquila que siempre me dejaba sin palabras. —Y será contigo —dijo—. No tengo dudas. Quiero que construyamos todo eso, paso a paso, juntos. Nos quedamos un momento en silencio, solo escuchando el aroma del café y el sonido de los cubiertos mientras movíamos los platos. El roce de sus manos, la manera en que nuestros cuerpos se buscaban bajo la mesa, y la calma de la mañana nos envolvían. Era raro cómo algo tan cotidiano podía sentirse tan íntimo y especial. —¿Y los niños? —pregunté, jugando un poco, aunque sentía que quería esa respuesta en serio—. ¿Te imaginas? —Sí —dijo, sonriendo mientras entrelazaba nuestros dedos sobre la mesa—. Me imagino hijos felices, con risas en la casa, y que tú y yo podamos enseñarles a disfrutar de la vida como lo hacemos nosotros. No sería perfecto, pero sería nuestro. Mi corazón se aceleró. La idea de formar una familia con él, de compartir una vida más allá de los momentos románticos y las caricias, me llenaba de emoción. —Eso es exactamente lo que quiero —dije, apoyando la cabeza sobre su hombro mientras él acariciaba mi cabello—. Una vida juntos, con todo lo que venga. —Lo tendremos —susurró, apoyando su frente contra la mía—. Paso a paso, sin prisa, pero siempre juntos. Y mientras desayunábamos, entre risas y sorbos de café, supe que habíamos dado un paso más en nuestra relación. No solo había ternura y deseo, sino planes reales, sueños compartidos y la certeza de que queríamos construir algo duradero. Cada palabra, cada mirada, cada roce bajo la mesa reforzaba la sensación de que estábamos en el lugar correcto, con la persona correcta. La vida que imaginábamos juntos no era solo fantasía; empezaba a sentirse real, tangible, con promesas silenciosas que se construían a cada gesto y a cada palabra. El desayuno continuó entre pequeñas bromas y comentarios sobre la película de anoche, pero el trasfondo era claro: habíamos empezado a hablar de nosotros de verdad. Y eso era más íntimo y poderoso que cualquier beso, abrazo o roce que hubiéramos compartido hasta ahora. Cuando finalmente terminamos de desayunar, nos quedamos unos minutos más en la cocina, abrazados, disfrutando de la tranquilidad de la mañana y de la certeza de que nuestra vida juntos, con todo lo que deseábamos —amor, compañía, hijos—, estaba comenzando a construirse con pasos firmes y conscientes.






