Mundo ficciónIniciar sesiónEl día siguiente amaneció soleado y tranquilo, con un cielo limpio que parecía anunciar que todo saldría perfecto. Me desperté con el corazón latiendo fuerte, no solo por la emoción de la noche anterior, sino porque hoy sería un día diferente: íbamos a invitar a nuestras familias a merendar y a presentarnos oficialmente como pareja.
Él ya estaba en pie cuando abrí los ojos, revisando algunos mensajes de trabajo mientras tomaba un café. La sensación de verlo así, concentrado pero tranquilo, me hacía sonreír sin darme cuenta. —Buenos días —dije, acomodándome junto a él—. Listo para un día muy familiar. —Más que listo —respondió, sonriendo mientras apartaba la mirada de la pantalla—. Hoy va a ser divertido, ya verás. Me incorporé y nos preparamos para ir a trabajar, pero había un brillo especial en su mirada que no dejaba dudas: estaba planeando algo más que solo la rutina diaria. Después de nuestras jornadas, él me había convencido —o mejor dicho, “obligado” con esa sonrisa traviesa que siempre usaba— de que preparáramos todo para la merienda juntos, y que nuestras familias vinieran a casa. —Vas a ver —me dijo mientras me sostenía la mano en la cocina—. Va a ser genial. Y quiero que participes en todo, cada detalle. Nada de esconderte en la sala mientras yo hago todo. —Está bien —respondí riendo—. Pero si algo se quema, te culpo a ti. —Acepto —dijo, sonriendo mientras colocaba los ingredientes sobre la encimera—. Todo estará bajo control. Después del trabajo, llegamos a casa cargados de energía y entusiasmo. Él empezó a organizar la cocina mientras yo desempacaba los ingredientes. Haríamos un bizcocho de chocolate y unas magdalenas de vainilla, sus favoritas. Lo divertido era que no solo cocinaríamos para nosotros, sino para nuestras familias, así que todo debía ser perfecto. —Primero el bizcocho —dijo, apoyando las manos sobre la encimera—. Yo me encargo de pesar todo, tú mezcla y prepara la bandeja para el horno. Me puse un delantal que él me había dado la noche anterior, y sonreí mientras lo hacía. Era extraño cómo algo tan simple como un delantal podía hacerme sentir tan cerca de él, tan parte de todo. —Mira —dijo mientras vertía la harina en un bol grande—. No puedes dejar ni un gramo fuera, o el bizcocho se rebelará. —¿Rebelarse? —pregunté, riendo mientras mezclaba los ingredientes—. ¿El bizcocho tiene personalidad? —Por supuesto —respondió con seriedad fingida, acariciando mi brazo mientras me acercaba al bol—. Y hoy nos va a evaluar a los dos. Mientras mezclábamos la masa, no podía evitar reírme de sus comentarios y de cómo sus dedos se entrelazaban con los míos cuando intentaba enseñarme a batir sin derramar nada. Cada gesto, cada roce, reforzaba la cercanía que teníamos y hacía que todo el estrés del día se desvaneciera. Cuando la masa del bizcocho estuvo lista, él me ayudó a verterla en el molde, asegurándose de que quedara uniforme. Luego pasamos a las magdalenas, y la cocina se llenó del aroma dulce mientras las colocábamos en los moldes. Él no dejaba de hacer comentarios divertidos, y yo reía mientras nos lanzábamos pequeñas gotas de masa como si estuviéramos en una guerra de repostería. —Cuidado —dijo él, esquivando una gota que casi le cae en la camisa—. Si esto llega a la alfombra, no me responsabilizo. —Acepto el riesgo —respondí, sonriendo mientras continuábamos trabajando juntos—. Finalmente, pusimos todo en el horno y nos sentamos un momento a descansar, aún riendo y jugando con los ingredientes que habían quedado en nuestras manos. —Ya verás —dijo él, acariciando mi mejilla—. Cuando nuestras familias lleguen, todo esto va a ser perfecto. —Sí… pero espero que se lleven bien —comenté, recostándome en su hombro. —Se van a llevar bien —respondió con seguridad—. Y si no… bueno, ya nos encargaremos de que funcione. Poco después comenzaron a llegar. Primero su familia, saludos formales pero con sonrisas sinceras, y luego la mía. La tensión inicial se disipó rápidamente gracias a la calidez de la tarde y a nuestra actitud relajada. Nos presentamos, intercambiamos abrazos y besos en las mejillas, y poco a poco todos se fueron acomodando en la sala y el jardín. —¿Queréis ver lo que hemos preparado? —dije, señalando la cocina y el horno—. Hemos hecho un bizcocho y unas magdalenas. Todos se acercaron curiosos, y él me tomó la mano para guiarme. Sus miradas se encontraron un momento, sonriendo, orgullosos de lo que habíamos logrado juntos. Era raro cómo algo tan simple como cocinar podía sentirse tan significativo, pero hoy lo era. Sacamos el bizcocho y las magdalenas del horno, dejando que el aroma se extendiera por toda la casa. Él me ayudó a cortar el bizcocho en porciones y a colocar las magdalenas en una bandeja bonita, mientras yo servía el café y jugaba con el cachorro que ya empezaba a familiarizarse con todos. —Esto huele increíble —dijo su madre, acercándose para tomar un poco de café—. Qué buena idea. —Gracias —dije, sonriendo mientras le ofrecía un trozo de bizcocho—. Hemos hecho esto juntos. Él se acercó por detrás, rodeándome con un brazo mientras nos servíamos un poco de café, y susurró: —Mira… todo esto es nuestro. Nuestro primer proyecto familiar. —Sí —susurré de vuelta, apoyando mi cabeza en su hombro—. Y me encanta. Mientras merendábamos, la conversación fluyó de manera natural. Hablamos de trabajos, hobbies, recuerdos de infancia, y poco a poco se fueron descubriendo afinidades entre ambas familias. Las risas eran constantes, y la atmósfera estaba llena de cariño. —¿Y vosotros, cuando erais pequeños, hacíais estas cosas con vuestras familias? —pregunté, mirando a sus hermanos y padres. —Sí, siempre —dijo él—. Pero nunca tan organizado ni tan dulce como esto. —Es culpa de ella —bromeó, señalándome—. Ha puesto su toque perfecto en todo. Todos rieron, y yo sentí cómo mi corazón se llenaba de felicidad. Estábamos construyendo algo real, no solo como pareja, sino como familia. El cachorro se paseaba entre todos, moviendo la cola y generando aún más risas. Él me miraba de vez en cuando, sonriendo, y yo sabía exactamente lo que pensaba: que esto era perfecto, que todo estaba saliendo exactamente como lo había imaginado. —Deberíamos repetirlo —dijo él, tomando mi mano sobre la mesa—. Cada domingo o algo así. Con bizcochos, magdalenas y nuestra pequeña familia creciendo un poco más cada vez. —Me parece perfecto —dije, apoyando mi cabeza en su hombro y cerrando los ojos un momento—. Esto es justo lo que quería. Y mientras el sol se escondía lentamente, iluminando la casa con tonos dorados, supe que aquel día no solo habíamos presentado nuestras familias, sino que habíamos creado recuerdos que durarían toda la vida. Entre risas, abrazos, aroma a bizcocho y café, y la cercanía de las manos entrelazadas, todo parecía perfecto, completo, y absolutamente nuestro.






