Llegué temprano. Demasiado temprano.
El estudio aún estaba medio dormido: luces apagadas, olor a polvo, la cafetera que goteaba con ese sonido perezoso del inicio de jornada.
Encendí mi computadora y revisé el correo por inercia. Todo estaba igual que siempre, salvo por una ausencia que no debía notar, pero noté igual.
El escritorio de Ginevra seguía vacío. Su abrigo no estaba colgado en el perchero, y la puerta de su oficina permanecía cerrada, sin ese leve zumbido del aire acondicionado que s