—¿Te llevo a tu casa? —repitió, con esa serenidad que siempre parecía esconder algo más.
La lluvia caía más fuerte, el agua golpeaba el asfalto con un ritmo denso, constante. Yo apenas podía verla bien detrás del cristal empañado del auto, pero sus ojos… esos sí, brillaban nítidos.
—No quiero hacerte dar una vuelta —dije, acercándome un poco a la ventanilla.
—No la haría si no quisiera. —Su respuesta fue inmediata, sin espacio para el titubeo.
Dudé un segundo, solo uno. Pero ella no apartó la m