Capítulo 87. Hiriendo a Ginevra
Sentí el aire volverse demasiado denso entre nosotros.
Ella esperaba una explicación.
Yo esperaba un milagro.
Y entonces, antes de que pudiera pensar, antes de que la cordura me alcanzara, la voz me salió seca, filosa y completamente equivocada.
—¿Y tu? —escupí, casi sin reconocerme—. ¿Dónde estabas tu?
Ginevra parpadeó, confundida.
—¿Qué…?
—Sí —insistí, apretando más la carpeta contra mi pecho, como si eso pudiera protegerme de algo—. Me estás pidiendo explicaciones como si fuera tu obligación