Capítulo 86. Como no destruir a Ginevra
El ascensor tardó una eternidad en llegar. O quizá fui yo el que sintió cada segundo como si tuviera bordes filosos.
Cuando finalmente se abrieron las puertas, entré sin mirar a nadie. Apreté el botón de la planta baja y me quedé ahí, con la espalda pegada a la pared, sosteniendo la carpeta contra el pecho. Como si apretarla así fuera a hacer que dejara de existir.
Pero no dejaba. No iba a dejar.
El ascensor empezó a bajar. Yo tenía el pulso en la garganta.
¿Qué se supone que haga? ¿Qué carajo