Capítulo 122. El lugar que no se fuerza
Caminé sin mirar atrás.
No porque no me importara, sino porque si lo hacía sabía que me quedaría ahí, detenido frente a un edificio que ya no me pertenecía.
La ciudad seguía en marcha con una precisión casi ofensiva.
Semáforos cambiando, gente entrando y saliendo de bares, repartidores esquivando peatones.
Todo en su sitio, excepto yo.
Había algo profundamente inquietante en descubrir que la preocupación no siempre da derecho a la presencia.
Que querer estar no equivale a poder estar, que hay d