Damián usó toda la fuerza que le quedaba para zafarse del par de hombres que lo sujetaban por los brazos.
Logró avanzar tres pasos y el cuerpo le celebró la victoria por una fracción de segundo, aunque enseguida volvieron a atraparlo, esta vez con más decisión, como si ya hubieran dejado de verlo como “cliente molesto” y lo hubieran clasificado como “problema”.
—Aquí, seguridad —escuchó a su lado.
La voz le pasó por encima, pero no le importó.
Su mirada estaba clavada en el hombre que caminaba hacia él con una calma irritante, como si todo aquello no fuera un desastre público, como si no se le estuviera deshaciendo la dignidad a la vista de medio restaurante.
No.
No quería hablar con Mateo Ferguson.
¿Tan difícil era entender que necesitaba hablar con Emma?