Necesito hablar contigo.
Damián terminó de subir las escaleras con esa determinación necia que solo aparece cuando uno ya perdió demasiado y aun así se niega a aceptarlo.
Tenía las manos húmedas, el corazón golpeándole costillas como si quisiera salirse a reclamar por él, y aun así siguió avanzando, porque ya la veía a unos metros, sentada en esa mesa que parecía una vitrina de lujo, hablando animada con los demás, riéndose como si el mundo no tuviera garras.
Como si no lo hubiera dejado a él mordiendo aire.
Como si no hubiese sido la señora Blackwood.
Damián estuvo a punto de dar un paso más y entonces un hombre uniformado se cruzó en su camino, perfecto, impecable, y con esa sonrisa que no era sonrisa, era una orden.
—Lo siento, el área exclusiva es para clientes con membresía, puede seguir disfrutando de nuestro servicio en la planta baja.
Damián