La noticia la golpeó como si no fuera una frase, sino una puerta abriéndose de golpe en mitad del pecho.
Emma se puso de pie con demasiada brusquedad, y el mareo le devolvió el favor con una bofetada interna.
El aire se le volvió espeso, casi caliente, como si la oficina hubiera subido de temperatura solo para recordarle que el cuerpo ya no era suyo del todo.
Tuvo que sentarse otra vez.
Y en ese segundo de debilidad, sintió las miradas clavarse en ella.
Mateo, alerta como un perro de caza; Caleb, quieto, con esa calma peligrosa que solo aparece cuando está por explotar por dentro; Helen, con la preocupación perfectamente guardada detrás de su profesionalismo.
Emma tragó saliva.
“¿Por qué están aquí…? ¿Por qué ahora?”
—¿Los Blackwood? —preguntó, como si nombrarlos fuera un error d