La noticia la golpeó como si no fuera una frase, sino una puerta abriéndose de golpe en mitad del pecho.
Emma se puso de pie con demasiada brusquedad, y el mareo le devolvió el favor con una bofetada interna.
El aire se le volvió espeso, casi caliente, como si la oficina hubiera subido de temperatura solo para recordarle que el cuerpo ya no era suyo del todo.
Tuvo que sentarse otra vez.
Y en