Damián está aquí.

La mandíbula de Caleb se tensó apenas, un detalle mínimo, casi elegante… pero Emma lo vio.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Porque estaba aprendiendo a leer silencios nuevos. Y, últimamente, Caleb hablaba mucho con los que no decía.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

El lobby del piso de presidencia tenía ese aire pulcro y caro que Hartley Group usaba como armadura. Todo brillaba, todo estaba en su lugar, incluso las personas parecían caminar con un ritmo entrenado.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Aun así, había algo que no encajaba.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Era la energía entre ellos.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

—Buenos días —saludó Emma, obligándose a sonar normal, a sonar “vicepresidenta ejecutiva” y no “mujer con el corazón en reparación”.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Lo dijo con una sonrisa correcta, y por dentro se recordó lo mismo de siempre: “respira, sostén el mentón, no te delates”.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

—Buenos días, Emma —respondió Caleb con una sonrisa que llegó a medias.‏‏‎‎‏‏‎‎
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