No vas a volver a estar sola.
Peter Hartley seguía de pie, con una mano en el bolsillo y la misma expresión de mármol que había tenido desde que la vio entrar.
Emma no sabía por qué esperaba algo distinto. Tal vez porque en su mente infantil, su padre siempre había sido ese hombre fuerte que resolvía todo. Que la levantaba cuando se caía, que le ponía la mano en la espalda cuando la inseguridad la paralizaba.
Ahora solo la miraba como si fuera una más.
Y eso, dolía más que todo.
Margaret, en cambio, se sentó junto a ella sin decir nada, tomándole la mano con una suavidad que Emma agradeció en silencio.
—Así que… vas a ser madre.
Emma sostuvo la mirada.
Esperaba un “te lo advertí”, un sermón, un recordatorio de todas las decisiones malas que él creía que ella había tomado. Y que tenía razón.
En cambio, obtuvo una neutralidad que desarmaba.
No sabía si prefería el grito o el hielo de Peter Heartley.
—Sí.
Peter no respondió de inmediato. Solo la miró.
Y entonces, el vaso de whisky que sostenía, bajó lentamente hacia