No vas a volver a estar sola.
Peter Hartley seguía de pie, con una mano en el bolsillo y la misma expresión de mármol que había tenido desde que la vio entrar.
Emma no sabía por qué esperaba algo distinto. Tal vez porque en su mente infantil, su padre siempre había sido ese hombre fuerte que resolvía todo. Que la levantaba cuando se caía, que le ponía la mano en la espalda cuando la inseguridad la paralizaba.
Ahora solo la miraba como si fuera una más.
Y eso, dolía más que todo.
Margaret, en cambio, se sentó junto a ella si