Después sería demasiado tarde.

El auto se detuvo en el estacionamiento de un restaurante que gritaba exclusividad sin necesidad de luces.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

De esos lugares donde el silencio cuesta caro y hasta el aire parece tener etiqueta.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Damián ni siquiera terminaba de estacionarse a una distancia prudente, cuando Mateo bajó primero del auto. Lo hizo con esa calma arrogante que a Damián le resultó una provocación personal, como si el mundo ya le perteneciera y el resto solo estuviera ocupando espacio.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Y entonces vino lo peor.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Mateo rodeó el coche y abrió la puerta del copiloto para Emma. Le tendió la mano y Emma la aceptó.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Damián sintió el tirón en el pecho, ese golpe caliente que no era exactamente rabia, pero se le parecía demasiado.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

“Respira”, se ordenó por dentro, aunque el cuerpo no le hizo caso. “No hagas un show."‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

La pudo detallar
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