Es imposible.
El asiento que había quedado vacío desde que Peter y Helen se marcharon, lo ocupó Mateo unos minutos después, tal como Emma le pidió por mensaje.
Apenas lo vio entrar, se dio cuenta de que llevaba el paso apurado de quien venía sin terminar de entender por qué lo llamaban, pero igual venía.
Eso era Mateo. Podía quejarse, podía burlarse, podía poner cara de fastidio, pero siempre aparecía.
Emma lo necesitaba ahí.