Te amo, mi Emma.
Damián levantó el rostro de Emma al tomarla con suavidad por la mandíbula, obligándola a mirarlo bajo el agua que seguía cayendo sobre ambos.
Emma lo miró con el ceño ligeramente fruncido, la boca entreabierta y la respiración irregular.
Se quedaron así unos segundos, mirándose sin decir nada, como si cada cosa que no se atrevían a nombrar encontrara una forma de existir en el silencio.
Había pasado demasiado entre ellos.
Demasiado dolor, demasiada culpa, demasiadas noches perdidas.
Y, aun así,