Estuvo intensa la noche.

Los abogados llegaron muy temprano a la mansión Hartley.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Tan temprano que Emma ni siquiera tuvo tiempo de cambiarse la pijama.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Y, sinceramente, tampoco le importó.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Los recibió con el cabello recogido de cualquier manera, una bata sobre la ropa de dormir y el rostro todavía marcado por las pocas horas de sueño.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

La resaca amenazaba con instalarse en su cabeza como un castigo merecido después d
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