Es idéntico al padre.
Emma no supo en qué momento despertó.
Solo sintió unas manos pequeñas apretándole las mejillas con una delicadeza insistente, como si su hijo estuviera convencido de que, si la tocaba lo suficiente, el mundo iba a obedecer.
Abrió los ojos y lo primero que vio fue esa mirada verde, brillante, demasiado despierta para la hora y demasiado parecida a una que ella se había prometido no volver a pensar.
Emmanuel estaba encima de la cama, arrodillado con el equilibrio de un niño que ya se cree invencible.
Tenía el cabello rubio revuelto y la expresión orgullosa de quien acaba de lograr una hazaña enorme, como si atravesar el pasillo sin ser detectado fuera equivalente a ganar una guerra.
—Mamá… —dijo suave, con esa voz todavía infantil que a veces se le volvía seria cuando quería que lo tomaran en serio.
Emma sintió que se le acomodaba el