Con mi niña, no.
Margaret no pudo disimular.
Aun sosteniendo la sonrisa para las cámaras, giró apenas el rostro hacia la entrada y sus ojos se afilaron con la misma rapidez con la que otras mujeres se arreglan un mechón.
Peter, en cambio, no cambió ni un milímetro.
Seguía viendo a los fotógrafos con esa sonrisa de gala que había entrenado toda la vida, aunque Emma lo conocía demasiado bien y notó el leve endurecimiento de la mandíbu