Finalmente, el vehículo se detuvo frente a la vivienda. Elian apagó el motor y descendió del coche sin demora, dispuesto a asistir a Nadia con su abuela. Ella, antes de abrir la puerta trasera, dirigió su atención hacia su familiar, que aún dormía apaciblemente, con la cabeza recostada sobre su hombro. Con ternura, le acarició la mejilla mientras le susurraba suavemente.
—Abuela... ya llegamos. Estamos en casa.
La anciana tardó unos segundos en reaccionar, pero al fin abrió lentamente los ojos,