Hay personas que entran a una habitación y la enfrían sin decir una sola palabra. La madre de Zoé es una de ellas.
Se planta frente a mí como si pudiera ver a través del traje, de la postura ensayada, de la sonrisa contenida. Como si supiera que todo esto… no es lo que parece.
Y, sin embargo, tampoco tiene idea de lo mucho que ha cambiado.
—¿Entonces te casaste con mi hija en Las Vegas? —pregunta, cruzando los brazos, con un tono que destila desaprobación.
—Así fue —respondo con serenidad—. Fue