El silencio de la casa se rompe con un portazo.
—¡Zoé! —grita Liam desde la entrada, con una furia que jamás le he visto.
Estoy en la cocina, con las manos aún húmedas del agua fría con la que intento calmarme. Me estremezco. El tono de su voz me recorre la espalda como un látigo.
Liam aparece, sin corbata, la camisa arrugada, las venas marcadas en su cuello.
—¿Qué sucede? —pregunto, aunque ya lo intuyo.
—El señor Caldas, del consejo directivo, me acaba de llamar. —Sus ojos arden—. “Si esto res