Me tiemblan las manos.
Estoy en el baño, sola, con los pies fríos y el corazón latiendo tan fuerte que parece que va a salirse del pecho.
El test está sobre el lavamanos. Dos líneas. Claras. Rosadas. Irrefutables.
Positivo.
Parpadeo. No sé cuánto tiempo llevo aquí. Siento que si me muevo, si respiro, el resultado va a cambiar. Como si fuera un espejismo. Pero no lo es. Las dos líneas siguen ahí.
Un bebé.
Mis labios tiemblan. Y una lágrima cae sin pedir permiso.
—Zoé… —la voz de Liam suen