Estacionó su carro. Le hormigueaba la palma de la mano. Debía ser el recuerdo, la piel tersa y suave de las mejillas de la madre de sus hijos. La manera ridícula en la que ella se negaba a sus caricias.
Mía.
La mujer que se atrevió a levantar su estúpido bastón y golpearle la pierna derecha. Casi termina en el suelo por su osadía. Él, en respuesta, aprisionó su delgado cuello, no con la intención de asfixiarla, más bien con el deseo de meter su lengua en esa boquita sucia y mentirosa.
—Vete. Qu