El pediatra revisaba a Azel. Un chequeo de rutina.
El niño giró la cabeza en busca de su madre. Un puchero se formó en sus labios y comenzó a llamarla entre balbuceos.
Mía soltó un pesado suspiro.
—Todo está bien, mi amor —le susurró, aferrada a su bastón.
Izel seguía adormilada en el regazo de su padre. Ajena al berrinche de su hermano.
Mía la vio de reojo. Le conmovió. Adriel era aterrador para muchos adultos, y los niños solían desviar la vista cuando se encontraban con él.
Sin embargo, sus