La habitación olía a humedad.
A encierro.
A algo que llevaba demasiado tiempo sin ver la luz.
Juliana estaba en el suelo.
Inmóvil.
Con los ojos cerrados.
Su cuerpo apenas se movía, salvo por una respiración débil, irregular… casi imperceptible.
Parecía muerta.
Y eso era exactamente lo que debía parecer.
El arma aún estaba en la mano del hombre.
El mismo que había recibido la orden directa.
El mismo que debía cumplirla sin cuestionar.
Sus dedos seguían tensos alrededor del gatillo.
Pero no había