Ana revivía el doloroso suceso una y otra vez.
Había días en los que juraba encontrar el cuerpo de su hija en medio de la sala. Caminaba despacio, con la mirada perdida, como si en cualquier momento fuera a verla ahí.
Abrazaba la nada y se aferraba a ella.
Ese día, al escuchar unas detonaciones a lo lejos del jardín, tanto su cuerpo como el de Adriel entraron en una especie de trance.
El sonido seco de los disparos rompió el aire.
La mujer mayor no paraba de gritar y llorar el nombre de su hija