Mía trataba de vislumbrar el nido de pájaros justo en el árbol de enfrente que daba a su ventana.
Se le hacía fascinante ese instinto maternal que presumían los animales. Primitivo. Hermoso.
Pensó en sí misma como ese pajarillo, que con sus alas cubría a sus crías.
Los balbuceos de Izel la hicieron despertar de sus ensoñaciones.
La pequeña criatura delgadita y blanda que conoció sufrió la metamorfosis propia de los recién nacidos. Su cabello escaso y claro se convirtió en un racimo frondoso de