Tomás entró a la casa cojeando. Un rastro de sangre seca le manchaba la camisa.
El labio partido. Un ojo morado que ya viraba al púrpura profundo. Raspones en los nudillos. La mandíbula hinchada del lado izquierdo.
Juliana estaba en la sala. Alzó la vista de su libro.
Y se quedó congelada.
El libro resbaló de sus manos. Cayó al suelo con un golpe sordo.
—¿Qué te pasó? —dejó caer los pies de la mesa y se puso de pie—. Tomás, ¿qué te hicieron?
Él cerró la puerta detrás de sí. Avanzó despacio hast