Tres días después, Mía visitó a sus bebés.
El viaje al hospital fue largo. Doloroso. Cada bache le recordaba la herida en su abdomen.
Juliana la acompañó. Silenciosa. Atenta.
Llegaron a la UCIN. Las puertas se abrieron con ese sonido que Mía ya conocía. Neumático. Final.
Los monitores pitaban. Constantes y mecánicos. Odiaba ese sonido; incluso en sus pesadillas más dolorosas escuchaba ese pitido.
Se acercó a las incubadoras.
Su hija dormía. Más grande ahora. Apenas perceptible, pero sí. Había g