Mía se instaló en la casa con un profundo sentimiento de tristeza. Todo el día pensó en sus hijos. En lo inútil y pequeña que se sentía en ese momento.
Luego de tanto culparse, logró un poco de tranquilidad. Apenas había cerrado los ojos cuando escuchó la puerta.
Tomás entró. El rostro limpio ahora. Ya no había sangre. Solo moretones que comenzaban a formarse.
Se sentó en el borde del sofá. Cerca de ella.
—¿Cómo te sientes?
Mía abrió los ojos. No respondió de inmediato.
—Cansada.
Tomás asintió.