Mía negó con la cabeza. Se volvió a pasar el dorso de la mano con brusquedad sobre el rostro.
—¿Es en serio? ¿De verdad crees que estás en condiciones de pedirme algo? —Apretó el bastón con demasiada fuerza y se puso de pie.
Adriel también se levantó. No se atrevió a tocarla ni a pedirle que se detuviera.
—Somos exesposos. —Respiró hondo—. La mitad de lo que es mío te pertenece.
—Yo no quiero nada tuyo. —Mía habló en susurros—. En su pecho ardía el más profundo y doloroso de los odios. Apretó l