El olor a café se filtraba por los pasillos del hospital. Pasos apresurados. Murmullos. El sonido lejano de un monitor que pitaba con regularidad hipnótica.
Tomás llegó al día siguiente.
No había dormido. Las ojeras bajo sus ojos lo delataban. El cabello despeinado. La camisa arrugada.
Había pasado la noche con una idea fija clavada en la cabeza:
Mía perdió a los bebés.
La sola posibilidad le apretaba el pecho, pero no era dolor. No era culpa. Era otra cosa. Algo más seco. Más práctico. Como si