La sala de urgencias se veía irreal ante sus ojos.
Mía estaba en la camilla. Lloraba. Las contracciones seguían. Una tras otra. Sin piedad.
—Respire —dijo la enfermera y le colocó una mascarilla de oxígeno—. Respire profundo.
Mía intentó obedecer. El aire entraba entrecortado. El pánico le apretaba el pecho.
El doctor llegó segundos después. Un hombre no tan mayor. Cabello negro. Expresión seria pero tranquila.
—Soy el doctor Méndez —se presentó. Se lavó las manos—. ¿Cuántas semanas tiene?
—Vei