El balcón de nuestro penthouse estaba helado a las tres de la madrugada.
No me importaba.
El frío era real. Tangible. Algo que podía sentir cuando todo lo demás era niebla. El viento de marzo cortaba como cuchillas a cuarenta pisos de altura, pero el dolor físico era preferible al vacío en mi pecho.
Manhattan brillaba debajo de mí. Millones de luces. Millones de vidas. Millones de historias que no tenían nada que ver con la mía. Taxi amarillos como hormigas luminosas. El río Hudson reflejando l