Desperté en una cama que no era mía, envuelta en sábanas que costaban más que mi antiguo sueldo mensual.Por un momento, el pánico me paralizó. Luego los recuerdos de la noche anterior cayeron como fichas de dominó: Derek, Madison, la lluvia, el coche, Nathan Blackwood.El matrimonio.Me senté de golpe. La habitación era obscenamente lujosa: ventanales del piso al techo con vista al skyline de Manhattan, muebles de diseño que parecían sacados de una revista, y un vestidor del tamaño de mi antiguo apartamento.Sobre la mesa de noche, una nota escrita con caligrafía elegante:"Reunión a las 9:00. El equipo de estilismo llegará a las 7:00. No llegues tarde. —N.B."Miré el reloj. Las 6:45.Quince minutos después, un ejército invadió el penthouse.Cuatro estilistas. Dos maquilladores. Un peluquero con acento francés que miraba mi cabello como si fuera un crimen contra la humanidad. Y una mujer de unos cincuenta años, impecablemente vestida de negro, que se presentó como Margaret Chen, asis
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