Diana Cross llegó con veintidós minutos de retraso, dos maletas de ruedas, y la energía específica de alguien que no pide perdón por ocupar espacio.Cuarenta y dos años. Cabello natural gris plateado cortado en un bob perfecto. Labios rojos sin necesidad de ocasión especial. Una mirada que inventariaba todo en tres segundos y no guardaba el resultado para ella sola.—Dios mío —dijo, deteniéndose en el umbral y mirándome de arriba abajo—. Tienes los huesos perfectos y nadie te lo ha dicho nunca, ¿verdad?—Buenos días —respondí.—Es mediodía. —Entró sin esperar invitación—. Muéstrame lo que trajiste en esa maleta.—¿Por qué?—Para saber qué podemos salvar y qué incineramos.Lo que salvamos: tres blusas, dos pantalones, los zapatos negros de tacón que había comprado para una cena de Sullivan & Partners que Derek canceló en el último momento.Lo que el resto no mencionaremos.Diana trabajó durante cuatro horas seguidas.No habló de Nathan. No preguntó sobre el contrato. No hizo ninguna de
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