Regresamos al salón tomados de la mano.
El mensaje de Edward ardía en mi bolsillo como una brasa. Pero ahora no era el momento. Ahora había una batalla que ganar.
El caos nos recibió como una ola.
Los periodistas que Victoria había traído se habían multiplicado. No solo los dos originales con sus cámaras. Ahora había diez. Quince. Veinte. Todos apuntando hacia Derek Mitchell como hienas rodeando a un animal herido.
—¡Señor Mitchell! ¿Es cierto que falsificó los balances de su empresa?
—¿Cuánto