La secuela del escándalo cayó como una onda sísmica: primero las sacudidas visibles —detenciones, renuncias espectaculares, caras conocidas convertidas en titulares— y después el temblor profundo que fracturó la confianza pública. No fue una suspensión temporal de la realidad; fue el colapso en cámara lenta de un edificio entero, con trabajadores que corrían por las escaleras y piezas que se desprendían sin aviso.
En Washington, los pasillos del poder se llenaron de cadáveres administrativos. S