La ciudad nunca dormía. De día el sol la barnizaba de oro; de noche, las luces de la torre más lejana titilaban como faros. Había fuentes que murmuraban y coches que llegaban y partían sin ruido, como si la ciudad misma respetara el silencio de aquel lugar. Dentro, la vida transcurría con la cadencia lenta y sagrada de lo que al fin se sabe ganado.
Svetlana se movía descalza sobre el parquet tibio, con un camisón de seda que olía a jabón y a talco. En sus brazos dormía Erika, húmeda de leche y