Las luces de la sala de operaciones de la DEA eran un pulso frío: fluorescentes que zumbaban como un enjambre enfermo, pantallas táctiles plagadas de mapas, cámaras y la leyenda operativa proyectada en una pared de vidrio. Hileras de agentes se movían como piezas en una mesa demasiado grande; café derramado, llaves que tintineaban, radios clavadas en la oreja. En el centro, un gran tablero con la foto de Dante Bellandi y la palabra —OPERATION BELLANDI—. Era la hora de decidir si por fin lo atra