Las cajas llevaban meses apiladas en el rincón del dormitorio, tapadas con una sábana que Ariadna nunca había retirado porque retirarla habría significado admitir que estaban ahí. Que todo lo que había sido antes del miedo cabía en cinco cajas de cartón marrón con el borde reforzado con cinta adhesiva gris.
Las había traído ella misma, una tarde de noviembre que ya no recordaba con claridad, cuando decidió que el apartamento anterior era demasiado grande para una sola persona y demasiado lleno