La lluvia había parado, pero el silencio que dejó era más pesado que el sonido.
Ariadna no lloraba todavía. Lloraba después, cuando las palabras ya hubieran salido y no hubiera forma de recuperarlas. Ahora solo estaba quieta en el sillón del consultorio de Damien, con las manos sobre las rodillas y los ojos fijos en un punto de la pared que no era nada, que era exactamente eso: nada. Un lugar donde mirar sin ver.
—Creo que fui yo quien empezó todo —dijo.
La frase no llegó como confesión. Llegó