56

La lluvia había parado, pero el silencio que dejó era más pesado que el sonido.

Ariadna no lloraba todavía. Lloraba después, cuando las palabras ya hubieran salido y no hubiera forma de recuperarlas. Ahora solo estaba quieta en el sillón del consultorio de Damien, con las manos sobre las rodillas y los ojos fijos en un punto de la pared que no era nada, que era exactamente eso: nada. Un lugar donde mirar sin ver.

—Creo que fui yo quien empezó todo —dijo.

La frase no llegó como confesión. Llegó
Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP