Sebastián siempre llegaba antes que ella.Era una de esas constantes que Ariadna había dejado de notar con el tiempo, de la misma manera en que uno deja de notar el sonido del tráfico o el peso de los propios zapatos. Él llegaba primero. Él esperaba. Cuando las puertas del ala clínica se abrían y ella aparecía, él ya estaba ahí, con los brazos ligeramente abiertos y esa sonrisa que era casi perfecta, casi completa, casi lo que debía ser.Ese martes no fue diferente.Lo vio desde el pasillo, antes de que él la viera a ella. Sebastián estaba de pie junto a la ventana del vestíbulo, con el teléfono en la mano pero sin mirarlo, como si hubiera calculado exactamente cuándo debía guardar el aparato para que ella lo encontrara en actitud de espera y no de distracción. Era un hombre de cuarenta y dos años con el cabello oscuro y los gestos medidos de alguien que había aprendido que las primeras impresiones se construyen en los márgenes, en los detalles pequeños, en la postura.—Ari —dijo, cua
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